Ilustración: Juan Rodríguez.
De camino a Palermo soñé con una marmita
gigante.
O eso pensé al principio.
Porque lo que parecía una marmita resultó
ser el receptáculo metálico que suele contener las tripas de un coche.
Levanté la capota como si fuera la tapa de
una olla inmensa y descubrí que, en lugar de batería, bornes, radiador, motor,
cables y platinos, había un espacio franco lleno de sopa.
Caldo claro, magro, humeante.
El vaho caliente subió a mi cara y recordé una
conversación en la que hablamos de platinos:
-
¿Alguna
vez te has quedado accidentado en la mitad de la autopista porque se pegaban
los platinos?
-
Los
platinos. Eso ya no existe.
-
¿Estás
seguro? Yo he limado platinos para obligar al arranque.
-
Ya.
Seguro que también limpiaste la cal de los bornes con medio limón.
-
¿Tú
no?
El sueño era perfecto para comprobar si de
verdad mis platinos eran cosa del pasado.
Los busqué en el fondo del caldo y calculé
que la presión que los litros de líquido ejercían sobre la carrocería terminaría
rompiéndola.
Un escritor me dijo que no me preocupara.
Me explicó que el caldo estaba hecho con
cuatro voces.
Cuatro autores escribieron un cuento que
convirtieron en caldo al no estar de acuerdo en el cómo de la estructura.
-
Fue
la solución para no discutir mientras pensamos.
-
¿Por
qué un caldo? ¿Por qué no hielo?
-
Porque
el caldo permite que la sustancia se mueva. Y el frío paraliza. Si hay
movimiento, la sustancia elude las impurezas. Lo estático en cambio, obliga a
compartir un espacio único.
Desperté dándole vueltas al sueño.
Miro hacia atrás y hago una lista de
vivencias, de lecturas, de escenarios.
Doy con pérdidas, libros, países y comprendo
algunas cosas.
El viaje a Palermo fue maravilloso y
accidentado.
O anecdótico que me gusta más.
(Una amiga muy querida solía llamarme la sucedida…hay cosas que no cambian).
Se pierde mi maleta.
Un veloz palpo chequeo revela que el
ordenador viene conmigo.
Dos segundos después caigo: el alimentador
está en mi equipaje.
Tras los trámites pertinentes, disfruto de
una ciudad llena de sol, hablo mi idioma y me pierdo en la interpretación y en
las calles.
Porque a pesar de tener clara la diferencia
entre destra e sinestra, el resto de
las explicaciones se diluían en la traducción libre que mi imaginación y la
mezcla de latín, francés, español y catalán que hay en mi cabeza hacían.
Inventé un GPS que me llevó a paseos que
eran derivas.
Derivas divertidas.
Los desvíos de mi desorientado radar
multilingüe.
La
birra aquí, el panini allá, el prosecco y los salatini, el Nero d´Avola,
la mozarella, el insistente pito que
anuncia que la batería del móvil se acaba, la sospecha de que ese cable tampoco
está en el hotel, el intento de regresar a buscarlo, el nombre de la calle en
un mapa que no descifro, un grupo que come focaccias
en el umbral de una pizzería, una voz que es un acento que reconozco aún en
italiano, es un chamo que habla de
sus vainas, un tipo chévere que me ayuda, que me dice en caraqueño, métete por aquí, le das derecho y cuando
llegues a la esquina, doblas, tienes el hotel aquí mismito, no te vayas
todavía, te llevo a una tienda para que compres tu cargador, no te quedes sin
celular, vale…
Comida, palabras, tierras, voces, acentos,
idiomas, oralidad.
Aquello de lo que escribo, de lo que hablo,
de lo que leo.
Lo que vivo.
Las pérdidas se convirtieron en presencias.
En compañía.
La maleta ausente me obligó a mirarme.
(Empacar. Desempacar. Contarse. Descontarse.
La habitación vacía. La hoja en blanco. Horror vacui. Tábula rasa. ¡Alto!: No
puedo reducirme a equipaje).
Tabucchi que se fue pero que estaba, que
soñaba que escribía en otros idiomas y en otras comidas, que sabía del universo en una sílaba.
Juan que no estando, está más que nunca.
No puedo evitar pensar que si hubieras ido
a Sicilia en lugar de Milán, quizás…
Goethe hablaba la pintura tan distinta en
el Sur.
Tan alegre.
¿Cómo habrían sido tus trazos en otra
Escuela?
¿Habrías huido en tren?
No. Estarías comiéndote las gambas que tanto
te gustaban.
Pintando.
Y yo aburriéndote con el sueño del caldo
hecho con las voces de cuatro escritores.
Sonsacándote cervezas.
En Sicilia, quizás, quién sabe.
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