Mil Orillas

31.5.12

Flores y peces (variación)


                       Imagen: Jean Francois De Witte



algunos dinosaurios llevaban ramos de flores a sus dinosaurias.

las dinosaurias los recibían con hastío.

un dinosaurio quiso hacer algo diferente.

obsequió a su dinosauria un ramo de flores de los de toda la vida.

fue correspondido con una mirada mustia.

el dinosaurio acercó las flores y despejó los pétalos.

en el cogollo de cada flor cantaba una coral de hormigas culonas.

los ojos de la dinosauria burbujearon de amor.

los ojos del resto burbujearon de celos.

se armó una trifulca y se extinguieron.

revisé una a una las flores que me diste.

son alcachofas.

no hay ni una hormiga.

sólo anchoas entre sus hojas.

si los dinosaurios hubieran regalado

a sus dinosaurias

flores y peces

vivirían hasta hoy.


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23.5.12

Papeando





El cocinero del Papa de Javier Guzmán. Ediciones La discreta.
Letras en equilibrio. Una novela que lleva de la risa a la mueca. Ficción bien articulada, páginas que se agradecen.
Tendré el placer de presentarla junto a su autor en Casa de América* el 30 de mayo a las 19:30.
¿Nos vemos?

* Pincha el enlace para más información.

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14.5.12

Blame it on la Mancha



                                      Don Quijote. Picasso.



A M.T.S Amigo que conozco y no conozco.

Lala esperaba la pregunta de las cinco de la tarde.

Resuelto, constante y puntual, Ed Ojitos Azules franqueaba la entrada de la charcutería, miraba los curados que colgaban del techo, extendía un dedo señalando, contando y descartando y abría la boca para decir: ¿fuet?

Ella respondía envolviendo dos salchichas y escribiendo el precio a pagar en un papel.

Luego sonreía un poco y puntualizaba: Es de Vic. Está buenísimo.

Ed no la entendía pero sus Ojitos Azules también sonreían.

Saldaba la cuenta con un billete muy planchado y salía de la tienda en retroceso, con pasos lentos y reverenciales sin dejar de mirar a la dependienta.

Así todas las tardes durante dos meses hasta que un día, Ed pagó con el billete planchado acompañado de una flor.

Lala varió su respuesta diaria: le entregó las monedas del cambio y tres rueditas que cortó silabeando cho-ri-zo.

Acabó de pronunciar comprimiendo los labios en un puchero y su cliente lo encontró tan tentador que se dejó llevar por el impulso. Apretó la boca imitando el gesto de Lala y le plantó un beso.

Comenzó un romance de pocas palabras.

Ed no hacía esfuerzo alguno por aprender el idioma de su amada. No sentía la necesidad. La chacinería hablaba bien por los dos.

Decía: fuet, chorizo, lomo, jamón con tanta gracia que Lala corría a bajar las persianas, a cerrar las puertas y a derramarse entera en los abrazos de aquel hombre que la amaba en inglés.

Se sentía privilegiada: ser amada en un idioma ajeno era ser doblemente amada. Ed tenía dos voces. Con una pronunciaba los embutidos, con otra le susurraba cantando oh, baby, I love your way, everyday…

Llegó, suele ser inevitable, la rutina. Tanto catar y tanto amor resuelto en la fresquera llevaron a los Ojitos Azules de Ed a cabriolar.

Y Lala, sospechando del bailoteo de sus pupilas, descubrió unas migajitas amarillas en las comisuras de esa boca que tanto le gustaba. Siguió el reguero que pasaba por el cuello, rumbo a la corbata hasta desbordarse por completo en la camisa Ed.

Enfadada le pidió explicaciones. Como no comprendía lo que ella quería decir, le arrancó la ropa y la agitó gritándole: Esto, esto, ¿de dónde salen estos lamparones?

No hubo mentiras ni justificaciones. Tampoco teatro o gestos compungidos.

Ed se limitó a sacar la lengua.

Lala la atrapó entre sus dedos y la estiró tanto como pudo.

Acercó sus ojos para examinarla con detenimiento. La olfateó. Y la lamió.
Sintió un sabor ácido, cremoso, herbal y picante.


-      ¿Qué has estado comiendo?

-      Oh! this? Blame it on La Mancha.


En seguida lo supo. Ed se estaba viendo con la zorra de la tienda de la esquina.

Lala respiró tranquila. Le preparó un baño de espuma a su amor y lo invitó a esperarla en la bañera. Cruzó la calle, reventó la cristalera de la vecina, se hizo con todo el mostrador y regresó a la charcutería.

Cogió un buen cuchillo, se desnudó y caminó hacia el baño.

Se metió en el agua con Ed.

Hundió la hoja de acero,  troceó una cuña que luego rebanó en lascas y silabeó como la primera vez: quesito manchego.

Ed hizo de eco tan bien como pudo: quesitou manchegou.

La dueña de la tienda de quesos huyó a otro pueblo.

Ed se hizo socio de Lala.

Cuando cierran la tienda catan, se aman y estudian sus lenguas.


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4.5.12

Gastroparafilias IV





Que no, Mari Loli, que no, no me repitas que haga la vista gorda y que vamos teniendo una edad, no sigas por ahí, bonita, que estoy hasta el gorro de los friquis, es-cu-cha-mé, cada vez que íbamos de cena el muy majara ordenaba berberechos crudos, a mí, lo mío, bien cocido, si churruscadito mejor, yo con bichos vivos no puedo, tía, me dan repelús, los tíos bien hechos también, vuelta y vuelta no me gustan nadita ¡a lo que iba!, él berberechos crudos y yo berberechos con queso, al horno, gratinados, cocina en condiciones, vamos, que para comer crudo ya me pongo morada a ensaladas en casa. Las primeras citas muy bien, entre el vino y los juegos de pies y manos bajo la mesa no me daba cuenta de nada pero una noche me mosqueé, el muy impresentable miraba mi plato, y no era hambre, no, porque sólo quedaban las conchas, me sentí violenta y le ladré ¿qué pasa? ¿me ves gorda? y va el tío, me coge la mano y contesta que no, que no, que estás muy buena, que me pones como una moto y yo le digo, y tú a mí, rico, de postre tú, te voy a comer toíto, pide la cuenta, anda, ¡déjame acabar, cari, que esto es muy fuerte!... marcho al tocador, calculo diez minutos para que pague, regreso a la mesa y me encuentro al cenutrio éste jamando lo que quedaba en mi plato, ¡las conchas vacías de mis berberechos con queso! ¿a que alucinas? pues no veas el crac crac crac crac, aquello rebotaba en las paredes del restaurante, le pregunté qué que hacía pero no contestó, me miró babeando, con ojos de colocón y siguió triturando conchas como un poseso, no me vengas con historias, Mari Loli, que no, que no me vale nada, que no vuelvo a ver a tu vecino, pa ti, maja, pa ti, quita, quita.

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26.4.12

Las croquetas perdidas


Imagen:  Chef Daniel Brooks


La memoria lo hace llorar cada vez que le meten un gol. No puede evitarlo, cada vez que un atacante amenaza su puerta, Luis rebota de lado a lado sin perder la vista del esférico, contrae los músculos, afila los sentidos, intenta adivinar si será izquierda, derecha o vaselina y salta al mismo tiempo que el balón para atajarlo sin penas.

Es un momento místico. No sólo para él. Para todos los asistentes. Para los jugadores. Para los vendedores ambulantes que se mueven entre las gradas ofreciendo refrigerios. Si hay posibilidad de gol todos callan. Se hace silencio en el estadio. No es por la anotación, no. Nadie la celebra. Todos esperan a escuchar el hip hip anunciando un llanto que comienza sonando a arroyo, deviene en río crecido, en rápidos, en saltos furiosos para luego hacerse remanso y secarse poco a poco como un aguazal. Es entonces cuando el linier da permiso al asistente que entra corriendo al campo con un pañuelo. Luis lo coge, libera su nariz con mucho ruido, el árbitro pita y el partido prosigue.

Los partidos en los que Luis es portero titular se abarrotan. El público lo adora, sus compañeros y sus rivales lo respetan, es un deportista muy apreciado. Nadie se ríe de su llanto. Al contrario, lo viven con empatía, como sana catarsis y con cierta dosis de ternura. Y eso tiene una explicación. Después de las primeras lloradas espontáneas, Luis fue conminado por los mandamases de la federación a dar cuentas en rueda de prensa so pena de baja definitiva. Se convocó a la radio, a la televisión y a la prensa escrita.  Escoltado por su representante y por su madre, Luis habló. Contó que cuando era pequeño odiaba el futbol. En la sala de prensa roncó un ohhhhhhhhhhhhhhhhhh. Esperó a que se apagase y continuó. Una tarde de domingo almorzábamos en familia, dijo. Mi madre había hecho croquetas de pollo. Mi hermano y yo las rapiñábamos de la fuente y las tragábamos a toda velocidad, sin masticar porque nos gustaban tanto que competíamos por ver quién comía más. Mi padre cansado de nuestra zafiedad propuso un duelo. Aquel que metiera los goles sería el dueño de las croquetas. No hay mucho más que explicar. Mi hermano me hacía polvo. Yo no veía goles. Yo veía croquetas perdidas. Subsané el hambre entrenando duro para batir a mi hermano. Pero la pena por las croquetas perdidas se quedó dentro de mí y emerge en forma de llanto cuando un jugador marca en mi portería.

Una periodista se levantó y pidió la palabra. Le preguntó si era para tanto. Su madre izó un dedo autoritario y seis camareros repartieron sus croquetas entre los asistentes.

Sonó ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh casi infinito.

No hubo más preguntas.

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Conversé con María Elena Lavaud sobre "El sabor de la eñe" en el programa "La revista" de Onda la Super Estación en Venezuela. Para escuchar  pincha este enlace El sabor de la eñe: la literatura también se come*.

21.4.12

Ahí te quedas




Amanda:

Hasta aquí hemos llegado. Se acabó. Te dejo. Suena la campana, tiro la toalla, abandono el ring escupiendo, aturdido y roto. Acepto mi derrota. Pusiste a prueba mi resistencia y has ganado en buena lid. Se dice que quien avisa no es traidor así que no te puedo hacer responsable del fin. Tus primeras palabras, al estrechar mi mano, me lo advertían: soy un animal poco recomendable. Tienes cara de gata querendona, te dije. Y araño, contestaste. Luego moviste el pelo, o el sol hizo un juego de luz en tus ojos o fue la risa en tu escote ¿qué más da? me encandilé, me mareé, me perdí para siempre en los vericuetos de tu voz. Lo que vino después ya no importa. Me hice el tonto mientras pude. Tú más osada, más obvia, más vulgar. Hasta hoy. Dejaste la llave, Amanda. No sé si fue un descuido, una trampa, una prueba, otro de tus sádicos juegos. Desarmé la casa buscando una caja fuerte, un cofre secreto, una trampilla, algo que tuviera una cerradura en la que encajara ese trocito de metal que confiabas a tu  cuello. Lo encontré en la cocina. ¿Cómo podía imaginar que algo así estaría tan a mano? Temblé de miedo cuando la llave entró sin esfuerzo. Giré suavemente y abrí el cajón. Estupor, conmoción, incredulidad. Esperaba cualquier cosa menos lo que encontré. Chorizo de soja y huevos sintéticos. Me has engañado de la forma más rastrera, Amanda. Mi tortilla favorita, tres huevos extra grandes de gallina pica tierra y tropezones de chorizo, convertida en falsedad, por obra y gracia de los sucedáneos. No lo puedo creer… ¡si te vestías con un mandil especial para hacerla y le dabas la vuelta con el plato de mi abuela! Me siento sucio, Amanda. Sucio.

No puedo perdonar esta afrenta. No puedo.

Te deseo mucha suerte.

Rafael.

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15.4.12

Yo no me pierdo a Charly...







A Marirrosa Carrera.
A Marita Marante.
Y a Charly, que nos hizo felices.



Lo abrió con impericia, como quien maneja un libro colosal y pasó las páginas con las yemas negras de tinta.

(Suena raro, lo sé, pero en los 80 las noticias se leían en folios).

Tropezó con algo que estaba escrito en esas sábanas de papel.

Gritó, rio, brincó y declaró solemne:

Chicas, Yo no me pierdo a Charly.

Las tres cabezas se unieron para leer al unísono:


Charly García. Función única. Sábado 22 de Noviembre. Precio exorbitante para tres estudiantes de económicas, derecho y psicología respectivamente.


Urdieron un plan para juntar el dinero de las entradas.

Mare se empleó en una funeraria sirviendo café a los deudos.

Mari se dedicó a vender floripondios a amantes borrachos en bares decadentes.

Maru fue contratada por quince iglesias para barrer el arroz que los asistentes lanzaban a los novios.

Lograron una cifra que les permitía comprar las entradas, contratar una limusina y cenar en un lindo restaurante después del concierto.

Pero el dinero no garantiza planes perfectos.

Cuando el chófer las recogió comenzaron los desvíos.

Al llegar al estadio Mari corrió a hacer la cola, Mare comenzó a sentir escalofríos y Maru se acomodó en el asiento delantero del coche, pellizcó la entrepierna del conductor y le ordenó que la llevara lejos, muy lejos.

El trío ahora dúo ocupó sus asientos en primera fila.

Mare sacó una cadena de su cartera, ató su tobillo a la pata de silla y le dijo a su amiga: me aterran las multitudes, compra las cervezas y algo de comer que yo te espero aquí.

Acto seguido se escondió debajo de su butaca.

Mari compró seis cervezas en el kiosco de las bebidas y las acomodó en una bandeja de cartón.

Sonó la música junto a la voz de Charly que no iba en tren sino en avión y se emocionó tanto que empinó la cerveza y se la bebió de golpe.

Sintió treinta orugas en el estómago.

Tortillas con guacamole, pensó, avistando el puesto de antojitos mexicanos y fue hacia él dando sorbitos al segundo vaso, al tercero, al cuarto, al quinto y al sexto.

Llegó al puesto en cuestión, pidió, pagó, mezcló picante en el guacamole, mojó la tortilla en la salsa, se la comió, el universo ardió, enchufó los labios al dispensador de cañas, esquivó los manotazos de la vendedora, compró seis cervezas más, alternó bocados picantes con tragos espumosos hasta agotar la comida y la bebida, compró botanas surtidas y un cubo de coronitas heladas con su limón, caminó buscando el A 17, no podía leer los números porque veía doble, Charly cantaba Pasajera en trance y Mari sintió que se la cantaba a ella, se levantó la camiseta, le declaró su amor al estadio, la callaron con una bota de vino, con chupitos de ron, con cubatas variados, ella sonreía, sorbía, cantaba, gritaba, un brazo que era una ola la internó en un mar de personas que la alzaban en volandas, ella se dejaba llevar por la corriente, la marea subía y bajaba y con ella su cuerpo serrano, el vaivén y la voz de Charly la arrullaban, cerró los ojos y se dejó ir.

Despertó a la mañana siguiente con una resaca tremebunda y dos revelaciones: perdió los zapatos y perdió a Charly. No recordaba nada del concierto.

Mare dormía con una cadena colgándole del tobillo.

Maru roncaba junto al chófer.

Las tres seguían allí.

Una voz en off daba vueltas en su cabeza.

En la amnesia fiestera flotaban algunas frases.



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Nota personal: Hay muchas formas de volver al terruño. Ayer volé a Venezuela en un avión de papel. Imposible estar más feliz. Para ver la crónica del viaje pincha este enlace: La literatura tambien se come. Quiero agradecer a Daniel Fermín por hacerme una  entrevista divertidísima y al diario El Universal  por el apoyo.

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9.4.12

De camino a Palermo

                                  Ilustración: Juan Rodríguez.




De camino a Palermo soñé con una marmita gigante.


O eso pensé al principio.


Porque lo que parecía una marmita resultó ser el receptáculo metálico que suele contener las tripas de un coche.


Levanté la capota como si fuera la tapa de una olla inmensa y descubrí que, en lugar de batería, bornes, radiador, motor, cables y platinos, había un espacio franco lleno de sopa.


Caldo claro, magro, humeante.


El vaho caliente subió a mi cara y recordé una conversación en la que hablamos de platinos:


-      ¿Alguna vez te has quedado accidentado en la mitad de la autopista porque se pegaban los platinos?


-      Los platinos. Eso ya no existe.


-      ¿Estás seguro? Yo he limado platinos para obligar al arranque.


-      Ya. Seguro que también limpiaste la cal de los bornes con medio limón.


-      ¿Tú no?


El sueño era perfecto para comprobar si de verdad mis platinos eran cosa del pasado.


Los busqué en el fondo del caldo y calculé que la presión que los litros de líquido ejercían sobre la carrocería terminaría rompiéndola.


Un escritor me dijo que no me preocupara.


Me explicó que el caldo estaba hecho con cuatro voces.


Cuatro autores escribieron un cuento que convirtieron en caldo al no estar de acuerdo en el cómo de la estructura.


-      Fue la solución para no discutir mientras pensamos.


-      ¿Por qué un caldo? ¿Por qué no hielo?


-      Porque el caldo permite que la sustancia se mueva. Y el frío paraliza. Si hay movimiento, la sustancia elude las impurezas. Lo estático en cambio, obliga a compartir un espacio único.


Desperté dándole vueltas al sueño.


Miro hacia atrás y hago una lista de vivencias, de lecturas, de escenarios.


Doy con pérdidas, libros, países y comprendo algunas cosas.


El viaje a Palermo fue maravilloso y accidentado.


O anecdótico que me gusta más.


(Una amiga muy querida solía llamarme la sucedida…hay cosas que no cambian).


Se pierde mi maleta.


Un veloz palpo chequeo revela que el ordenador viene conmigo.


Dos segundos después caigo: el alimentador está en mi equipaje.


Tras los trámites pertinentes, disfruto de una ciudad llena de sol, hablo mi idioma y me pierdo en la interpretación y en las calles.


Porque a pesar de tener clara la diferencia entre destra e sinestra, el resto de las explicaciones se diluían en la traducción libre que mi imaginación y la mezcla de latín, francés, español y catalán que hay en mi cabeza hacían. 


Inventé un GPS que me llevó a paseos que eran derivas.


Derivas divertidas.


Los desvíos de mi desorientado radar multilingüe.


La birra aquí, el panini allá, el prosecco y los salatini, el Nero d´Avola, la mozarella, el insistente pito que anuncia que la batería del móvil se acaba, la sospecha de que ese cable tampoco está en el hotel, el intento de regresar a buscarlo, el nombre de la calle en un mapa que no descifro, un grupo que come focaccias en el umbral de una pizzería, una voz que es un acento que reconozco aún en italiano, es un chamo que habla de sus vainas, un tipo chévere que me ayuda, que me dice en caraqueño, métete por aquí, le das derecho y cuando llegues a la esquina, doblas, tienes el hotel aquí mismito, no te vayas todavía, te llevo a una tienda para que compres tu cargador, no te quedes sin celular, vale


Comida, palabras, tierras, voces, acentos, idiomas, oralidad.


Aquello de lo que escribo, de lo que hablo, de lo que leo.


Lo que vivo.


Las pérdidas se convirtieron en presencias.


En compañía.


La maleta ausente me obligó a mirarme.


(Empacar. Desempacar. Contarse. Descontarse. La habitación vacía. La hoja en blanco. Horror vacui. Tábula rasa. ¡Alto!: No puedo reducirme a equipaje).


Tabucchi que se fue pero que estaba, que soñaba que escribía en otros idiomas y en otras comidas, que sabía del universo en una sílaba.


Juan que no estando, está más que nunca.


No puedo evitar pensar que si hubieras ido a Sicilia en lugar de Milán, quizás…


Goethe hablaba la pintura tan distinta en el Sur.


Tan alegre.


¿Cómo habrían sido tus trazos en otra Escuela?


¿Habrías huido en tren?


No. Estarías comiéndote las gambas que tanto te gustaban.


Pintando.


Y yo aburriéndote con el sueño del caldo hecho con las voces de cuatro escritores.


Sonsacándote cervezas.


En Sicilia, quizás, quién sabe.

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31.3.12

Cenando al contrapunto

                                 Para ti, aunque no quieras.






En el italiano de Lisboa la mesa es el reloj.

Dos brazos en ángulo son agujas que marcan

en cinco el principal, veinte para el postre, a treinta del café, siete más y la cuenta.

Él retira los Involtini di melanzane.

Ella cronometra la botella.

Él danza la comanda en allegro.

(Silencio en movimiento. Coreografía saltimbanqui. Coordinación precisa).

Ella compasa el vino en moderato.

(Canta añadas en cucú. Traza parábolas perfectas).

Nosotros disfrutamos ad libitum.

(bebemos, hablamos, paladeamos, ignoramos la prisa de dos que resoplan, bebemos, hablamos, paladeamos, ignoramos los ¿algo más? que pretenden parar el tictac del mantel, bebemos, hablamos,  paladeamos, ignoramos los gestos tensos de la espera)  

Cada aire corre a conveniencia.

Un corcho que hace plop es punto final del goce: la casa invita, se rompe el baile, las luces despiertan, la calle se abre, la puerta se cierra, la noche dicta,

(yo escucho, obedezco y escribo)



En el italiano de Lisboa

la mesa es el reloj

A las doce el pan.

A las seis el vino.

A las tres y a las nueve,

tú y yo.



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23.3.12

Del hambre II

                                     Imagen: Tatsumi Orimoto




Esa bolsa de tela
lleva bordado
tu nombre.
Alimentas
con desidia
lejos de ti.
Que el pan enfríe
en el saco que cuelga.
Sólo te sabes en la piedra.

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